Skip to main content

Muelle Real de Cienfuegos, retrato de un pueblo nacido del mar

En Cienfuegos el Sol siempre se pone en el mar, y no hay un ocaso más inspirador que aquel que puede divisarse desde el añoso y concurrido Muelle Real. Allí, entre los óxidos y musgos de las viejas embarcaciones pesqueras, los habitantes de la Perla del Sur y cientos de visitantes reciben la noche cienfueguera.

Así ha quedado el singular desembarcadero, como el más añorante y bello de los caminos que conducen al mar. Un espacio de confluencias y rituales, en el corazón mismo de la Bahía de Jagua, y a 240 kilómetros de capital del país.

Hoy, alejado de sus primeras funciones de cabotaje, se erige como importante plaza sociocultural, tanto por las manifestaciones espontáneas que en él se registran, como por las diversas ofertas culturales que acoge para deleite de todos.

Lo primero que llama la atención al llegar al muelle real de Cienfuegos es su variopinta concurrencia. Enamorados que se abrazan en un banco a la vera del mar, viejos marineros que pasan las horas con sus cañas de pescar, los niños que juegan al terminar sus estudios del día, o el ir y venir de los pregones tradicionales.

Un pequeño podio sirve para amenizar la velada cuando se presentan algunos de los talentos artísticos de la localidad. Sugerentes son las propuestas del grupo Trova Jazz, o la presentación del cuarteto de saxofones LatinSax, o el grupo de Teatro Los Elementos.

Desde el Muelle Real también es posible disfrutar de algunas de las exquisiteces de la comida cienfueguera, pues un restaurant ubicado en su base ofrece algunas variedades de mar entre tragos y cocteles de verano.

Sin embargo, es necesario decir, que ese viejo enclave marino no necesita añadirse encantos extras, pues goza de esa aura singular que distingue a los más entrañables lugares. Algo así como el malecón habanero, el Muelle Real de Cienfuegos encuentra su magia en la mera y apacible contemplación del ambiente.

Contemplar por ejemplo la anchurosa Calle La Mar. Una arteria que, por su vecindad con la bahía, constituyó por excelencia el punto de partida de varios muelles y almacenes. Ya para 1887 disponía de 22 atracaderos, o cual hablaba de la intensa actividad comercial y marítima de ese enclave.

Pero, sin dudas, el Muelle Real deviene uno de los más emblemáticos que ha llegado hasta nuestros días, con incontables anécdotas tejidas en su entorno y preferido por muchos escritores y cantautores para regalar hermosos cantos a este terruño del centro-sur cubano, como la Luna Cienfueguera, de José Ramón Muñiz.
La primera versión de ese andén marino data de 1851, cuando se construyó frente al Parque de La Aduana, lo que vendría a llamarse el Muelle de la Real Hacienda, aunque no fue hasta 1856 cuando la obra adquirió su fisonomía conclusiva.
Sin embargo, el también conocido como muelle circular, sufrió severamente los embates corrosivos del mar y los años, y ya para 1952 requirió una remodelación total. Fue entonces cuando se erigió en hormigón armado, con una amplia base rectangular, escalerillas de abordaje, vistosas lámparas y bancos de hierro fundido.

Dentro del proceso de reanimación iniciado con el nombramiento del centro histórico de Cienfuegos como Patrimonio Cultural de la Humanidad, por la UNESCO, se visto favorecido el Muelle Real, y mucho más podría beneficiarse con la ejecución de un ambicioso proyecto para erigir una moderna terminal de cruceros, en la que constituye la segunda bahía del país.

Lo cierto es que, proyecciones aparte, este camino que concluye en el mar, además de su trascendencia arquitectónica, histórica y patrimonial, es protagonista activo de los más genuinos sucesos, desvelos y sueños del pueblo cienfueguero.

Igualmente, desde el Muelle Real, y tomando por el Corredor de Santa Isabel el visitante llega al núcleo fundacional de la antigua villa Fernandina de Jagua, y deleitarse así con los encantos de una de las ciudades más bellas de toda Cuba, esa que por derecho propio se hace llamar La perla del Sur.

Foto de portada: Cortesía PerlaVisión (Cienfuegos)